domingo, 22 de marzo de 2026

38

El revólver descansaba sobre la mesa del comedor, con el tambor abierto y totalmente vacío; ansiando esa bala que le diera razón a su existir.

A un lado del arma un vaso de whisky ya extinto escondía a sus espaldas la única munición calibre treinta y ocho que sabía que el momento de actuar había llegado.

El alcohol todavía no había hecho efecto en Román. Fueron tres vasos que fluyeron por su garganta como lo haría el agua que calma a un sediento, dejando solo un cruel ardor como testimonio de su paso.

Con los ojos ahogados en lágrimas Román se puso de pie y llegó temblando hasta la ventana del apartamento, buscando un escape a su angustiosa situación. Pero la noche de tormenta al otro lado del vidrio solo sumaba desolación.

Justo en el momento en que le dio la espalda a la ventana un relámpago iluminó la habitación y el ensordecedor trueno que lo siguió hizo temblar las paredes.
Su cuerpo reaccionó por reflejo y se arrojó al piso cubriéndose la cabeza con las manos, con el lejano pero vivido recuerdo de la artillería enemiga explotando cerca de su trinchera.

La guerra no había sido fácil para nadie, mucho menos para alguien sin rango como él. Condenado a seguir las órdenes de aquellos que no arriesgaban su pellejo.

En aquella guerra sin sentido —a la que no eligió ir —aprendió que su vida dependía solo de sus compañeros de trinchera.
Pero de entre todos ellos fue con Gustavo con quien entabló una verdadera amistad. De él conocía el nombre de cada miembro de su familia; hasta sabía que su perro se llamaba “Ronco” por el ladrido grave y rasposo que molestaba a todo el barrio. Sabía también de sus planes de volver a su ciudad natal, casarse con Elena y abrir una carpintería, y así continuar con el oficio que había heredado de su abuelo y su padre.

La noche que el ejército enemigo rodeó su posición y debieron retroceder, fue Román quien se quedó en el frente disparando para cubrir a sus compañeros mientras ellos aseguraban nuevas posiciones. Y fue Gustavo quien luego volvió a buscarlo y darle apoyo mientras retrocedían y se cubrían las espaldas el uno al otro.

Al llegar a la seguridad del nuevo refugio sellaron su amistad con un fuerte apretón de manos y una sutil reverencia con la cabeza en señal de agradecimiento.

Nunca fue necesario decirlo, pero ambos sabían que serían capaces de dar su vida para salvar la de su amigo.

Pero Gustavo nunca volvió de esa guerra. Y el recuerdo de esos últimos momentos y los eventos que desencadenaron su muerte fueron el calvario que Román debió soportar y que lo llevaron hasta ese día, en ese comedor solitario, con esa arma esperando sobre la mesa y esa bala clamando paz.

«Esta bala no me matará, yo ya estaba muerto. Solo devolverá mi alma a la trinchera de la que nunca debí haber salido» —Se despedía Román en la carta manuscrita que permanecía como único testigo de su decisión.

Gustavo y Román habían sido tomados cautivos por el enemigo luego de una incursión sorpresa que terminó con la muerte de casi todo el batallón.

Y tuvieron la mala suerte de caer en el peor de los campos de reclusión, al mando del sanguinario capitán Norman Owens, que disfrutaba de tratar a sus prisioneros como animales, obligándolos a arrastrarse por la comida y otras aberrantes ocurrencias propias de un psicópata.

Ambos pudieron soportar durante semanas cada maltrato y abuso del que eran objeto.
Al volver a la celda que compartían intercambiaban las historias de sus inhumanas aventuras con el capitán, como si todo esto se tratara de un retorcido parque de diversiones.

—Estuve tres horas atado y sumergido hasta el cuello en la cloaca del capitán, pero mientras no me veían, le oriné toda su mierda y ni cuenta se dio —bromeó Gustavo en una oportunidad, para distender la preocupación de Román y a través del humor hacer más pasajera su estadía en ese campo de horror.

Pero un día la retorcida mente del capitán encontró una forma más sádica de diversión. Haría jugar a Román y Gustavo a la ruleta rusa, pero con una variación que la hacía aún más macabra.

El arma sería un revólver calibre treinta y ocho que era propiedad personal de Owens y con el que su padre le había enseñado a disparar a los doce años.

Sus soldados colocaron a Román y Gustavo sentados en dos sillas enfrentadas al centro de un galpón.
El capitán caminaba alrededor de ambos cargando la única bala y girando el tambor del revólver mientras explicaba las reglas de este juego a los asustados participantes.

—Tendrán en sus manos un revólver con una bala en el tambor, apretarán el gatillo una vez cada uno, hasta que la bala salga.

—Si alguno se cree con la suficiente suerte como para apuntarme a mi e intentar matarme, tendrá una posibilidad en cinco de lograrlo. Pero morirá segundos después por la bala de uno de mis soldados, no sin antes ver morir también a su amigo.

—Si en cambio juegan mi juego, uno de los dos podrá sobrevivir —continuó Owens, disfrutando cada detalle de su cruel explicación.

—Quien tenga el arma en la mano podrá apuntarse a su propia cabeza o a la de su amigo. Dependiendo de las ganas que tenga de vivir o de lo cobarde que sea.

Owens estiró la mano al centro de los amigos y ofreció el arma a quien quisiera comenzar.

Ambos se miraron con la tristeza de una despedida obligada.
Fue Gustavo quien tomó el arma y sin dudarlo la apunto a su cabeza, cerró los ojos y apretó el gatillo. El sonido metálico del percutor golpeando una recámara vacía lo hizo volver a respirar.

El capitán le quitó el arma y enseguida se la ofreció a Román, que luego de dudar un instante la tomó y dejó caer su brazo como si el revólver pesara una tonelada.
Por su cabeza pasó la idea de matar a Owens, pero sería el final para Gustavo y también para él; no tendría sentido.
Apoyó el cañón en su sien y gatilló al mismo tiempo que dejó salir un angustioso gemido.
Nuevamente el sonido hueco, la bala no estaba allí.

El arma pasó nuevamente a Gustavo, que resignado volvió a ponerla en su cabeza y a apretar el gatillo casi sin pensarlo. Pero tampoco fue su momento.

El juego se tornaba cada vez más dramático y las opciones se reducían.

Nuevamente le tocó a Román, que ya totalmente roto no podía levantar el arma ni mirar a su amigo.

—Solo quedan dos intentos —acotó Owens, apelando a la desesperación que se hacía visible en el rostro de Román.

Levantó el arma hasta su sien, pero su mano temblorosa no logró sostenerla más de un segundo y volvió a dejarla caer. Las lágrimas ya inundaban su rostro y la angustia le dificultaba la respiración. Dudó y volvió a levantar el arma, pero seguía incapaz de apretar el gatillo.

—O disparas o mueren ambos —gritó Owens sin compasión alguna.

—A mí, apúntame a mí—Se escuchó el grito que cortó el ambiente.

Román levantó la vista para mirar a Gustavo, que lo miraba fijo y con seguridad, al mismo tiempo que volvía a hablar.

—A mí, apúntame a mí —repitió con la voz más serena, intentando calmar el agitado ánimo de su amigo.

Román bajó la mirada y negó en silencio moviendo su cabeza a los lados repetidas veces.
Pero la desesperación le ganó la batalla y luego de unos segundos, cuando ya Owens se aprontaba para volver a intervenir, levantó su mano y apuntó a Gustavo.

—Perdón —dijo mirándolo a los ojos.

Gustavo asintió con la cabeza, aceptando dar su vida por su amigo como lo había prometido aquel día.

El dedo índice apoyado al costado del arma temblaba como luchando para negarse a cometer el crimen que le habían ordenado.

Al fin el gatillo desencadenó el caos.
El lúgubre silencio del galpón se rompió con el estallido de la bala, y fue sustituido por los desgarradores gritos de Román mezclados con las psicópatas risas de los soldados y el capitán.

Durante semanas esperó el día en que sus captores se cansaran de él y tomaran su vida, liberándolo de la culpa. Pero la guerra terminó un día y un intercambio de rehenes le dio la libertad y la vida que no creía merecer.

Pasó años buscando razones para perdonarse, pero el dolor seguía ahí.

Tal vez el alcohol le daría el valor de apretar el gatillo que no tuvo aquel día.

Parado frente a la ventana observando la tormenta levantó su mano que ya sostenía el arma. No había espacio para el azar, la bala estaba en la única recámara del revólver que estaba alineada al cañón, esperando el decisivo golpe del percutor.

Un sonido sordo erizó todos los pelos de Román. Pero no era ese sonido que había escuchado varias veces durante el perverso juego de Owens, no era una recámara vacía lo que había sonado, sino una bala defectuosa la que se había negado a salir. 

Ese maldito sonido llenó de dolor y bronca la cabeza de Román, otra vez la muerte le había negado su paz. 

Pero el sonido y la bronca tuvieron también otro efecto.
Román volvió a la realidad. 

Ahí estaba todavía, sentado frente a Gustavo y apuntando el arma de Owens a su amigo.
Pero ahora sabía que esa bala no solo sentenciaba el fin de la vida de Gustavo, también lo condenaba a él a una vida de arrepentimientos y dolor. 

La mano de Román se movió con decisión, pero esta vez volviendo a apuntar a su propia sien.
Ya no había pánico, ni ansiedad, la solución a sus traumas futuros estaba en esa recámara. 

—Perdón —volvió a decir Román mirando a los ojos de Gustavo, pero esta vez pidiendo que entendiera su sacrificio. 

El estallido de la bala cortó el silencio y esta vez fue Gustavo el que gritó de terror, opacando las risas de los soldados. 

Tiempo después, fue Gustavo quien retornó de la guerra, volviendo a su pueblo natal y pudiendo reconstruir su vida. Casándose con Elena y formando una familia. 

Hoy Gustavo festeja los cinco años de Román, el hijo que nombró en honor al amigo que le regaló su vida y al que nunca olvidará.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Inolvidable

Eran ya pasadas las diez de la noche del viernes y Ricardo comenzaba a cerrar las cortinas metálicas del bar.

Dentro, los pocos parroquianos que quedaban entendían la indirecta y ya se disponían a abandonar sus mesas.

Un tiempo después, cuando ya había cerrado la caja y estaba chequeando que todo haya quedado ordenado, se dio cuenta que en la última mesa del fondo todavía quedaba una persona. Sentado en la silla, pero con el torso recostado sobre la mesa, durmiendo, se encontraba un señor mayor.

Ricardo lo recordó de inmediato, había entrado hacía algo más de 2 horas, pidió un café y luego, ante las reiteradas preguntas sobre si quería algo más, repetía que estaba esperando a alguien y que cuando esta persona llegara ordenarían algo.
Claramente, su acompañante no llegó.

-        – ¡Señor! – Reclamó Ricardo, esperando despertar al hombre.

-        – ¡Señor, por favor! – Repitió mientras le tocaba el hombro para llamar su atención.

Esta última acción tuvo éxito inmediato y el hombre se levantó de la mesa asustado y desorientado, buscando a su alrededor algo para poder ubicarse.

-        – ¿Señor, se encuentra bien? – Continuó Ricardo, preocupado por el semblante confundido del sujeto.

-        – Si, si, estoy bien. – Llegó a contestar.

-        – Estamos cerrando. ¿Quiere que le pida un taxi? – Dijo Ricardo, intentando ayudarlo.

Al cabo de unos segundos, Pedro se dirigió hacia la puerta - sin mediar palabras con Ricardo - y siguió de forma decidida por la misma vereda del bar hasta perderse en la noche.

Caminaba decidido, pero repitiendo en su cabeza la misma pregunta:

-        – ¿Por qué no habrá venido?

Una semana antes, en uno de los paseos que acostumbraba a disfrutar a media tarde, recorriendo los infinitos senderos que atravesaban el Parque Batlle, conoció a Mabel.
El cabello gris y las notorias arrugas en su rostro daban testimonio de una vida entrada en años, pero Pedro todavía no tenía la confianza para preguntar cuántos.

La charla ligera que llevaban mientras caminaban por las serpenteantes veredas se transformó rápidamente en conversación simpática pero profunda entre nuevos amigos al sentarse a la sombra de un frondoso ibirapitá.

Al cabo de un buen rato, volviendo a tomar conciencia de la hora, Pedro le había insinuado que le gustaría volverla a ver. Ella asintió gustosa y comentó de un bar cerca del Hospital de Clínicas en donde había disfrutado de buenos postres y algún que otro licor. Él, repitió para si mismo las referencias que le habían dado y se despidió con la promesa de volver a verse el siguiente viernes por la noche.

Pero ella nunca llegó.

Un par de días después, caminando por los mismos senderos del parque la volvió a ver, sentada en el mismo banco bajo la sombra del ibirapitá.

Sorprendido, no dudó en acercarse.

-        – Hola, Mabel, ¿cómo estás? – Comenzó amistosamente Pedro.

Ella lo miró con cara de desconcierto. Este hombre sabía su nombre, pero no lograba encontrar en su cabeza más pistas sobre él que las de un rostro conocido pero anónimo y distante.

-        – ¡Perdón! Se que lo conozco, pero no logro recordar su nombre. – Respondió Mabel, generando en Pedro una reacción de sorpresa aún mayor.

-        – A veces pierdo un poco la noción de algunas cosas. – Continuó. – A mi edad la memoria me falla dos por tres.

Pedro entendió la situación y se compadeció un poco de Mabel, aunque también sintió un poco de frustración al recordar el entusiasmo con que esperó durante días ese encuentro y la desazón al tener que volver solo aquella noche a su casa.

-        – Nos conocimos el otro día – Comenzó entonces su explicación.

Ella asistió asombrada al relato de un coqueteo olvidado y un compromiso fallido que recién ahora podía lamentar.
Con el pasar de los minutos, luego de las sentidas disculpas de Mabel, ella y Pedro volvían a recorrer conversaciones y coincidencias que lograban disipar los problemas de este pasado reciente.

Él insistió en el interés y quiso asegurarse un próximo encuentro, por lo que luego de volver a convencer a Mabel de repetir la cita, le pidió la pequeña libreta que minutos antes ella le había contado que utilizaba para guardar teléfonos importantes y otras cosas que no quería olvidar.
Pedro anotó su nombre, su teléfono y como se habían conocido, para asegurar que mediante el contexto fuese más fácil recordarlo. Además, le dejó anotado el nombre del bar, el día y la hora en que se encontrarían nuevamente. Luego se despidió, esperanzado con que esta vez su cita se presentaría.

Corrían las siete y veinte de la tarde del miércoles en el bar de Ricardo cuando arribó nuevamente Pedro, que lo saludó amablemente y volvió a dirigirse hacia la misma mesa del fondo.

Cuando Ricardo se acercó a preguntar si deseaba algo para tomar, él le pidió un café y luego dijo optimista:

-        – ¡Esta vez sí vendrá!

Ricardo lo reconoció en ese momento y le respondió con una sonrisa de aprobación mientras volvía a la barra a preparar el café.

Unos minutos después, a las siete y media en punto, entró Mabel. Miró el bar y vio a Pedro en la mesa del fondo que le hacía señas. Hacia allí fue, esbozando una sonrisa.

-        – ¡Te acordaste! – Exclamó Pedro entusiasmado, mientras se levantaba y ofrecía una silla a Mabel.

-        – Me ayudó mi libreta. – Respondió ella, mostrando la nota en la libreta, resaltada en amarillo.

Al comenzar la conversación, Mabel comentaba que, si bien fue capaz de recordar su encuentro previo al revisar su libreta, debió repasar en su mente repetidas veces los hechos, hasta que se hizo una buena idea de la razón por la que debía asistir a esa cita escrita en su libreta en una letra que claramente no era la de ella.

Pedro intentó llenar los vacíos de la historia, repitiendo aquello que sabía que había funcionado y omitiendo los fallos de sus anteriores encuentros, aprovechando a su favor la menguada memoria de su compañera.

Al finalizar su cita, Mabel tomó nuevamente su libreta y agregó unos párrafos a las referencias que le había dejado Pedro. Comentó de la galantería de su acompañante y de las risas que había logrado sacarle con sus tontos chistes.
También agregó referencias a su nuevo acuerdo de encuentro, sería entre semana y bajo el mismo árbol del parque que los vio olvidarse y recordarse.
Él solo sonreía al escuchar lo que ella relataba en voz baja mientras escribía.

-        – Creo que, al despedirnos. ¡Al fin me dará un beso! – Terminó de escribir Mabel, levantando la vista para ver la mirada de un sorprendido pero feliz Pedro.

¡El beso sucedió! Y ambos sintieron que era algo que no querían olvidar.

Ella volvió a abrir su libreta y esta vez, sin relatar en voz alta y sin dejar que Pedro la vea, agregó una oración final al relato de su cita.

-        – ¡Fue mejor de lo que esperaba! – Garabateó rápidamente.

Se separaron con la esperanza de que el olvido no los volviera a separar.

Días después, el mismo parque, el mismo camino, el mismo árbol.
Allí estaba Pedro, esperando.
Allí llegaba Mabel, sonriendo.

-        – ¡Bendita libreta! – Exclamó él.

-        – ¡No hizo falta! – Respondió ella, entusiasmada.

Le contó que no había olvidado nada de su último encuentro. Ni el error de haberle puesto demasiada azúcar a su café, ni la anécdota de porqué Pedro llevaba vendada la mano, ni mucho menos había olvidado el beso.
Incluso le describió también la sorpresa de su hija al verla tan vivaz y centrada como hacía años que no la veía. Como si ese encuentro fortuito con Pedro hubiese vuelto a activar en ella algo perdido que los medicamentos no habían logrado.

Este nuevo encuentro se volvió a cerrar con un beso. Este ya más cercano y esperanzado. Marcando el comienzo de un amor.

La próxima cita sería en casa de Mabel, bajo la promesa de cocinarle un budín de chocolate con nueces al que le había hecho buena propaganda.
Esta vez la nota escrita se la llevó él, tan solo la dirección de ella en un pedacito de papel de la misma libreta.

El sábado a las cuatro de la tarde en punto sonó el timbre en casa de Mabel.

El olor a budín al abrir la puerta le hizo saber a Pedro que todo estaba bien, no había olvidos de que preocuparse. Y el beso que vino tras entregarle las flores que trajo de obsequio, despejó todas las dudas.

Tomaron café y rieron un rato largo.

Unos minutos después de las cinco de la tarde, se escuchó como unas llaves abrían la puerta de calle.

-        – ¡Es mi hija Tamara! – Dijo Mabel, mientras se paraba para ir a su encuentro.

-        – ¡Vení! ¡Qué te presento a Pedro! – Se escucha en el pasillo mientras vuelven, acercándose a la cocina donde quedó él.

-        – ¿Papá? ¿Qué haces acá? – Preguntó Tamara, con una mezcla de asombro y preocupación.

El rostro de Tamara, junto con esas preguntas y el tono de estas fueron como si la cabeza de Pedro se estrellara contra un muro a cien kilómetros por hora. No entendía nada, pero todo le parecía conocido ahora.

Hacía más de diez años que Pedro había sido diagnosticado con una enfermedad que rápidamente le fue mermando su lucidez mental junto con la memoria, por lo que Mabel, tiempo después había decidido internarlo en un hospital psiquiátrico ya que no podía cuidarlo a él y a Tamara, que apenas tenía 8 años y no entendía por qué su padre a veces dejaba de reconocerla.

Mabel lo visitó los primeros años hasta que su propia salud fue flaqueando su memoria y Tamara pasó a cuidar de ella.

Con el tiempo, Pedro, en la soledad del hospital había recuperado la lucidez más no la memoria. Pero fue lo suficiente como para que le dieran de alta hacía no más de dos años.

Tiempo después, pudo al fin mudarse solo. Y lo hizo a pocas cuadras del parque donde en su juventud había conocido a su amor, un amor del que no recordaba ni su rostro ni su nombre, pero que sin querer volvió a encontrar, bajo la sombra del mismo frondoso ibirapitá.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Final feliz

Esa tarde de otoño no tenía nada de especial.

Los pasillos del hospital permanecían tranquilos y algo sombríos a esa hora, donde todavía no se encendían las luces de noche y el sol ya retiraba lentamente su brillo de las ventanas.
El silencio en la habitación de Silvio era apenas interrumpido por el lejano sonido de unos pasos y una tos seca que se escuchaba a distancia.

El viejo permanecía tendido en su cama, inmóvil, callado, disfrutando la paz de los últimos rayos de luz solar que entraban a su habitación.
Hacía un buen rato que su acompañante había terminado el turno, pero igualmente permanecía en la silla junto a la cama del viejo, regalándole unos minutos extras mientras esperaba la llegada de la hija de Silvio que la reemplazaría como todos los días.

-         – Debe haber perdido el ómnibus – Dijo ella, cortando el silencio, disimulando su molestia.

Él, movió los ojos en dirección de la enfermera y asintió levemente con la cabeza, intentando también esbozar una sonrisa que disimulara la preocupación por el retraso de su acompañante nocturna.

Su hija acudía diariamente al hospital desde que Silvio quedó internado hacía ya nueve días. Y siempre llegaba puntual, a las 18:30 horas, luego de liberarse de su trabajo.

Pero hoy ya habían pasado más de veinte minutos de la hora y aún no llegaba.

La situación del viejo había ido empeorando con los días, pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Los sucesivos incrementos en las dosis de calmantes habían ido restringiendo su tiempo de vigilia y la fatiga física ya le impedía levantarse de la cama.
Solo hablaba ocasionalmente, cuando era absolutamente necesario y su agotamiento se lo permitía.

El cáncer había avanzado rápida e implacablemente desde que retornó hacía un par de meses. Además, a su edad los tratamientos solo aumentaban el riesgo de empeorar su estado, por lo que a esta altura solo le estaban aplicando cuidados paliativos.

El pronóstico era el único esperable en esa situación… solo un milagro podría salvarlo.

Él ya había aceptado su destino y solo quedaba esperar que el proceso se diera sin mayor sufrimiento.

La enfermera, que ya se estaba sintiendo incomoda ante la situación, al fin se levanta de su silla y camina hacia el pasillo mientras le muestra el teléfono en la mano a Silvio y le dice:

-         – Voy a llamarla.

El viejo solo logra escuchar unos susurros mezclados con pasos que se alejan lentamente, hasta perderse nuevamente en el silencio de los pasillos del hospital.
Unos minutos después, los pasos vuelven a aparecer y acercarse como amontonados, pero en esta ocasión acompañados de otros murmullos.

La puerta se abre y por fin entra Manuela, la hija de Silvio, junto con la enfermera. Esta última toma sus pertenencias, saluda al viejo y lo deja a solas con su hija.
Manuela permanecía en silencio, mirando al piso como arrepentida, pero no era su tardanza lo que la apenaba.

-         – Estaba preocupado. – Dijo él, forzando la voz.

-         – Perdón, surgió algo. – Respondió ella, aún sin levantar la mirada.

-         – ¿Está todo bien? – Preguntó Silvio, preocupado.

-         – Vine con mamá. – Prosiguió Manuela, mientras levantaba la mirada en busca de la señal de disgusto ante lo que ella sabía, había sido un error.

La habitación quedó en silencio nuevamente.

Silvio e Isabel estaban separados hace más de ocho años y habían cortado toda comunicación hacía seis.
En aquel tiempo, el profundo amor de juventud de la pareja se había ido desgastando y con el primer diagnóstico de cáncer de Silvio, él se fue volviendo un auténtico gruñón.

Al principio, debido a la poca libertad que le daban los agotadores tratamientos se refugió en su casa y respondía de mala gana a cualquier intento de ayuda.

-         – ¿Querés salir a tomar un poco de aire fresco? – Le ofrecían repetidamente.

Si estaba en un buen día, solo los ignoraba. Y no, no querías encontrarlo en un mal día.

Con el tiempo se fueron sumaron secuelas físicas y sicológicas de la enfermedad que lo volvieron un auténtico ogro insoportable.
Isabel lo soportó estoicamente durante todo el proceso. Fueron unos meses duros, hasta que el doctor les dio la ansiada noticia de la remisión de la enfermedad.

Pero el diagnóstico positivo no tuvo el impacto esperado. Silvio, no volvió a ser el de antes, el gruñón se le quedó dentro.
Seguía enojado con la vida y se desquitaba con su esposa y todo aquel que quisiera ofrecerle una imagen positiva de su recuperación o futuro.
Esto fue menguando la paciencia de Isabel y terminó desembocado en la separación y el posterior alejamiento definitivo.

-         – Que pase. – Le dijo al fin Silvio a su hija.

Manuela se vio sorprendida por el tono del pedido. En lugar del rezongo o la resignación ante algo tan inesperado, lo que escuchó en la voz del viejo, a pesar de su dificultad para respirar, era emoción, alegría.

Al salir Manuela, entró Isabel, también caminando con dudas y mirando el piso, sin saber bien que esperar.

Esa tarde de otoño no tenía nada de especial, hasta que ella entró en la habitación.

Los ojos del viejo se iluminaron y su corazón volvió a retumbar en su pecho como en esa olvidada juventud.

-         – Perdón. – Logró decir Silvio, instintivamente.

-         – “Te extrañé” – Habrían dicho sus ojos si pudiesen hablar.

Ella, reaccionando automáticamente se acercó llorando a él, tomándolo de las manos y besando sus labios con la ternura de aquel primer beso de su juventud.

-         – Te amo. – Susurró luego al oído de Silvio.

Luego, dejó caer suavemente su cabeza en el pecho del viejo, logrando escuchar los vívidos latidos del renovado corazón que hasta hacía unos momentos retumbaba cansado, con dificultad y falta de ritmo.

El rostro apesadumbrado de Silvio había desaparecido casi inmediatamente y la sonrisa ya no le cabía en la cara.
Sin saberlo, Isabel trajo consigo el ingrediente mágico que Silvio necesitaba, el perdón.

Silvio inspiró profundamente como hacía tiempo no lo hacía.

La cabeza de Isabel aun apoyada, acompaño el movimiento del pecho hacia arriba y hacia abajo mientras el aire llenaba y luego abandonaba sus pulmones.

Silvio se fue, instantes después.
Se fue... feliz.

viernes, 3 de enero de 2025

El funeral de un héroe



Una larga caravana de autos recorría la avenida 18 de Julio en dirección al Obelisco.

Una carroza fúnebre (repleta de flores y banderas uruguayas) iba encabezando el desfile, cargando un lujoso ataúd que la intendencia había dispuesto para una digna despedida.

En las veredas, el público atónito asistía al momento que nadie había imaginado vivir, el funeral de Ismael, o como lo conocían todos, “El Gaucho”.

Había muerto en su ley, haciendo aquello por lo que el pueblo le había otorgado el mote de “héroe”, interponiéndose entre un arma cargada y una persona de bien.
Ismael no portaba armas, ni cubría su mortal humanidad con escudos ni armaduras. Un ciudadano común y corriente, cuyos únicos atributos destacables eran su valentía y su inconsciencia ante el peligro.

Su primera aparición en los medios había sido hace ya más de 10 años. Los titulares fueron su mejor marketing.

“Valiente ciudadano salva a una familia entera de ser atropellada”

Ese día pasaba por la esquina de 18 de julio y Barrios Amorín, caminando hacia el trabajo, cuando un auto cruzó el semáforo en rojo.
Ismael notó que el auto iba directo a una familia que cruzaba la calle, por lo que (descuidando su integridad física) se lanzó hacia ellos y apartó con sus brazos al grupo entero.
Sobre la vereda cayeron los dos niños, la madre y el abuelo, seguidos por Ismael que los arrastraba.

El auto logró frenar a media cuadra, luego de haber chocado con un par de vehículos estacionados.

La noticia dio cuenta de los moretones de los adultos y el llanto de los niños, pero haciendo énfasis que la alternativa hubiese tenido un resultado mucho más lamentable.

Ese día, cuando Ismael llegó a la casa y comentó con su familia el acto heroico, fue abrazado y reprendido por Gabriela, su esposa e Isabella, su hija de 10 años.

- Mirá si te pega a vos el auto, estás loco. – Le reprochaba justificadamente Gabriela.

Una vez pasado el susto y el rezongo, el abrazo continuó y se transformó en un gesto de orgullo y cariño.

Las redes sociales se habían hecho eco de la noticia y además de la viralización de la nota, se agregaba la referencia a Ismael como “el héroe de El Gaucho”, referenciando al monumento a esa figura criolla que adorna esa esquina del centro de Montevideo.

El mote se fue simplificando con el tiempo y las sucesivas apariciones del héroe en la prensa y en las redes sociales. Al final se terminó resumiendo a “El Gaucho”.

La caravana, que había comenzado en la Plaza Independencia, se detuvo al llegar a la esquina de 18 y Barrios Amorín, allí donde todo había empezado. El público, que se había amontonado allí esperando este momento, selló la despedida con un aplauso ensordecedor que duró más de 5 minutos. Luego, fueron necesarios otros 10 minutos para lograr que el cortejo pudiera seguir avanzando.

Algunos canales de televisión, que estaban transmitiendo en directo, intercalaban entrevistas con alguno de los tantos testigos de sus hazañas.

Estuvo el dueño del supermercado que vio la muerte a la cara, cuando por nervios no lograba abrir la caja registradora durante un asalto, y que, cuando el ladrón le puso el arma en la frente, vio como El Gaucho aparecía de entre los asustados clientes, intentando hablar con calma con el nervioso criminal, convenciéndolo de que este bajara el arma y se fuese con lo poco que había conseguido, pero que no cometiera una locura que no podría remediar.

También dio su testimonio Carmen, la señora que El Gaucho había convencido de no saltar desde la cornisa de aquel edificio, hace ya algunos años. Había pasado más de 40 minutos hablando con ella, enumerándole las cosas buenas que tenía en su vida.

Y por supuesto (porque el morbo vende más que la leyenda), también estuvo el chofer del ómnibus que intentaron robar hacía unos pocos días, justo cuando Ismael iba como pasajero hacia el trabajo.
Cualquiera en su lugar hubiese puesto cuerpo al piso cuando el criminal desenfundó su arma y le gritó al chofer que le entregara la recaudación.
Pero Ismael no era cualquiera, por lo que decidió avanzar con voz tranquila, acercándose al sujeto e interponiendo su propio cuerpo en el camino del arma, intentando convencerlo de como estaba arruinando su vida con esto.
Esta vez no funcionó, la detonación retumbó en todos los vidrios del ómnibus y provocó los gritos de terror de más de un pasajero. Acto seguido, el ladrón salió corriendo del vehículo y se perdió entre las calles.
El cuerpo de El Gaucho cayó seco, con el agujero de la bala asomando en medio de su pecho. Respiró con dificultad unas 2 o 3 veces y luego todo terminó para él.

La transmisión de la televisión vuelve a la señal en vivo, con la caravana ya entrando en el cementerio. Allí las cámaras estaban prohibidas, por lo que los periodistas debieron esperar afuera durante varias horas.
La familia y los cercanos a Ismael se quedaron dentro esperando que la turba de fans y chismosos se disolviera.

Al fin, ya con las lágrimas enjuagadas y los ánimos más calmados, la familia decide abandonar el cementerio.

Al salir, solo un periodista se había quedado haciendo guardia en la puerta. Corriendo desde detrás de unos árboles tomó por sorpresa a la viuda y a su hija mientras estas salían caminando hacia los autos.

- ¿Qué sienten en este momento, donde el pueblo le dio una merecida despedida a un verdadero héroe? – Preguntó el impertinente reportero.

Gabriela eligió ignorarlo y continuar su caminar hacia el auto que la esperaba para retornar a su casa. En cambio, Isabella, decidió detenerse, giró su cabeza y miró con una mezcla de tristeza y enfado al sujeto.

- ¿Héroe? ¿Qué saben ustedes? – Increpó mientras enfrentaba el micrófono.
- ¿Quieren saber quién era mi padre? – Continuó.

El periodista, sorprendido por la actitud de la hija de el héroe, no podía desaprovechar la oportunidad de enterarse de algún secreto de la vida de “El Gaucho”. Podría ser la noticia del año.

- ¿Qué quiere decir? – Replicó mientras acercaba el micrófono y la cámara enfocaba en primer plano a la joven hija.

- Mi padre era un mentiroso y un ladrón.
- Se ausentó de casa por semanas, más de una vez. Ni al trabajo iba, por lo que lo terminaban echando.
- Nunca tuvo un peso, ni pudo superarse.
- ¿Héroe? Ustedes no conocieron a mi padre más allá de los titulares sensacionalistas o los relatos, que, pasando de boca en boca, acabaron llenos de exageraciones y fantasías.

Los ojos del periodista parecían escapar de sus órbitas. Esto era oro puro.
Si hay algo que tiene mejor prensa que un héroe, es un héroe que se transforma en fraude.

Isabella, con los ojos llenos de lágrimas, continua su relato.

- Yo le creí a mi padre cuando me decía que no tenía hambre, que “ya había comido”. Y luego con el paso de los años supe que me había mentido, que la comida no alcanzaba, así que la que había, era para nosotras. Él, aguantaba.

- Yo comía de los fideos que mi padre le robaba a don Manuel, el almacenero de la esquina, que hacía la vista gorda porque sabía que mi viejo no le podía pagar.
- Y sabía también que luego volvía arrastrando vergüenzas, cuando conseguía algo de dinero, para pagar las cosas que se había llevado “de prestado”.

- Yo sabía perfectamente que mi padre se ausentaba durante largo tiempo de casa. Lo sabía porque dormía en la silla del hospital donde yo pasé largos períodos internada por alguna complicación del asma.
- Y fue ahí cuando lo escuché responderle “de acá no me muevo” a su jefe, que lo echó sin titubear.

- Nunca tuvo un peso, por lo menos no para él, los gastaba en regalos para mi cuando era niña, en los remedios que costaban un ojo de la cara, o en mis estudios, para darme el futuro que él no pudo tener.

- ¿Con qué derecho le dicen héroe? – Repitió ya con los ojos ahogados de lágrimas.

- Él era un héroe sí. Porque estuvo para nosotras, siempre.
- Su nombre no era Gaucho, era papá.
- Él era mi héroe... Y no se los presto.

domingo, 29 de diciembre de 2024

En pocas palabras

 


Al entrar fue directo a la barra, se sentó en el último banco y pidió una cerveza.

Montevideo soplaba ya sus fríos de invierno y fuera del pub la gente intentaba encontrar el rumbo mientras caía la noche en Ciudad Vieja. 

Ella lo había visto llegar, lo siguió con la mirada mientras él recorría el tramo entre la puerta y la barra.
Él ni siquiera la notó.

Hipnotizado por quien sabe que pensamiento, Gustavo permanecía sentado mirando el vacío a través de su cerveza.

Pasaron unos segundos hasta que volvió a la realidad y comenzó a escudriñar el pub. Fue en ese momento que se encontró con la mirada de esa mujer.

Ella le dedicó una sonrisa.
Él bajó la mirada con timidez y luego le devolvió el gesto.

Unos segundos de indecisión, una gran bocanada de aire y al fin tomó su cerveza y se dirigió hacia la mesa desde la que ella lo continuaba observando.

- ¿Esta silla está ocupada? – le preguntó.

Ella solo sonrió.
Él se presentó y luego le preguntó su nombre.

- Claudia – respondió ella sin poder quitar la sonrisa de su rostro.

Gustavo aprovechó la hipnotizante y al parecer incansable sonrisa de Claudia para comenzar una conversación.
Entre bromas sobre dientes brillantes, sonrisas de porcelana y otros chistes tontos que su cabeza dejaba escapar, la conversación fue avanzando.

- Ya descubrí tu secreto – Se atrevió a pronunciar Gustavo.
- Es el color del labial, ese rojo carmesí hace resaltar más el blanco de tus dientes. – Finalizó su teoría.

Los dientes son tema de bromas, pero los labios, todos saben que son tema serio. Gustavo también lo sabía, así que decidió cambiar el tono de su voz y mirarla directo a los labios como si de ellos esperara una respuesta que no tenía palabras.

La expresión de Claudia también cambió, su boca se cerró ocultando la sonrisa, pero en lugar de una mueca de disgusto sus pómulos se elevaron y dejaron ver una expresión de complicidad y picardía.

La señal fue recibida al otro lado de la mesa, donde Gustavo permanecía atrincherado esperando la oportunidad para atacar, y esta señal era una clara invitación a la guerra.

Mientras ella continuaba mirándolo a los ojos, él decidió tomarle la mano y en el mismo movimiento, casi sin interrupciones ni dudas, su cuerpo se abalanzó hasta alcanzar la frontera enemiga.
Se detuvo a solo un par de centímetros de su boca y retrocedió solo unos milímetros, como dudando… pero a la distancia justa para esperar el contraataque.

Ella respondió casi instintivamente, y sus labios apenas rozaron los de Gustavo, fue suficiente.

Ambos retrocedieron, volviendo a sus trincheras a esperar el siguiente movimiento del otro.

Ella decidió hablar.

- ¿A que se debe toda esta farsa? – preguntó mientras volvía a sonreír, intrigada por la última ocurrencia de Gustavo, de celebrar de esta forma su quinto aniversario.

Él, manteniendo la mirada en los ojos de Claudia al fin responde.

- Sólo quería probar esos labios, otra primera vez.