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El revólver descansaba sobre la mesa del comedor, con el tambor abierto y totalmente vacío; ansiando esa bala que le diera razón a su existir.
A un lado del arma un vaso de whisky ya extinto escondía a sus espaldas la
única munición calibre treinta y ocho que sabía que el momento de actuar había
llegado.
El alcohol
todavía no había hecho efecto en Román. Fueron tres vasos que fluyeron por su garganta
como lo haría el agua que calma a un sediento, dejando solo un cruel ardor como
testimonio de su paso.
Con los
ojos ahogados en lágrimas Román se puso de pie y llegó temblando hasta la
ventana del apartamento, buscando un escape a su angustiosa situación. Pero la
noche de tormenta al otro lado del vidrio solo sumaba desolación.
Justo en el
momento en que le dio la espalda a la ventana un relámpago iluminó la
habitación y el ensordecedor trueno que lo siguió hizo temblar las paredes.
Su cuerpo reaccionó por reflejo y se arrojó al piso cubriéndose la cabeza con
las manos, con el lejano pero vivido recuerdo de la artillería enemiga
explotando cerca de su trinchera.
La guerra
no había sido fácil para nadie, mucho menos para alguien sin rango como él.
Condenado a seguir las órdenes de aquellos que no arriesgaban su pellejo.
En aquella guerra
sin sentido —a la que no eligió ir —aprendió que su vida dependía solo de sus
compañeros de trinchera.
Pero de entre todos ellos fue con Gustavo con quien entabló una verdadera
amistad. De él conocía el nombre de cada miembro de su familia; hasta sabía que
su perro se llamaba “Ronco” por el ladrido grave y rasposo que molestaba a todo
el barrio. Sabía también de sus planes de volver a su ciudad natal, casarse con
Elena y abrir una carpintería, y así continuar con el oficio que había heredado
de su abuelo y su padre.
La noche
que el ejército enemigo rodeó su posición y debieron retroceder, fue Román
quien se quedó en el frente disparando para cubrir a sus compañeros mientras ellos
aseguraban nuevas posiciones. Y fue Gustavo quien luego volvió a buscarlo y darle
apoyo mientras retrocedían y se cubrían las espaldas el uno al otro.
Al llegar a
la seguridad del nuevo refugio sellaron su amistad con un fuerte apretón de
manos y una sutil reverencia con la cabeza en señal de agradecimiento.
Nunca fue
necesario decirlo, pero ambos sabían que serían capaces de dar su vida para
salvar la de su amigo.
Pero Gustavo
nunca volvió de esa guerra. Y el recuerdo de esos últimos momentos y los
eventos que desencadenaron su muerte fueron el calvario que Román debió soportar
y que lo llevaron hasta ese día, en ese comedor solitario, con esa arma
esperando sobre la mesa y esa bala clamando paz.
«Esta bala
no me matará, yo ya estaba muerto. Solo devolverá mi alma a la trinchera de la
que nunca debí haber salido» —Se despedía Román en la carta manuscrita que
permanecía como único testigo de su decisión.
Gustavo y
Román habían sido tomados cautivos por el enemigo luego de una incursión sorpresa
que terminó con la muerte de casi todo el batallón.
Y tuvieron
la mala suerte de caer en el peor de los campos de reclusión, al mando del sanguinario
capitán Norman Owens, que disfrutaba de tratar a sus prisioneros como animales,
obligándolos a arrastrarse por la comida y otras aberrantes ocurrencias propias
de un psicópata.
Ambos
pudieron soportar durante semanas cada maltrato y abuso del que eran objeto.
Al volver a la celda que compartían intercambiaban las historias de sus inhumanas
aventuras con el capitán, como si todo esto se tratara de un retorcido parque
de diversiones.
—Estuve tres
horas atado y sumergido hasta el cuello en la cloaca del capitán, pero mientras
no me veían, le oriné toda su mierda y ni cuenta se dio —bromeó Gustavo en una
oportunidad, para distender la preocupación de Román y a través del humor hacer
más pasajera su estadía en ese campo de horror.
Pero un día
la retorcida mente del capitán encontró una forma más sádica de diversión.
Haría jugar a Román y Gustavo a la ruleta rusa, pero con una variación que
la hacía aún más macabra.
El arma sería
un revólver calibre treinta y ocho que era propiedad personal de Owens y con el
que su padre le había enseñado a disparar a los doce años.
Sus
soldados colocaron a Román y Gustavo sentados en dos sillas enfrentadas al
centro de un galpón.
El capitán caminaba alrededor de ambos cargando la única bala y girando
el tambor del revólver mientras explicaba las reglas de este juego a los asustados
participantes.
—Tendrán en
sus manos un revólver con una bala en el tambor, apretarán el gatillo una vez
cada uno, hasta que la bala salga.
—Si alguno
se cree con la suficiente suerte como para apuntarme a mi e intentar matarme, tendrá
una posibilidad en cinco de lograrlo. Pero morirá segundos después por la bala
de uno de mis soldados, no sin antes ver morir también a su amigo.
—Si en
cambio juegan mi juego, uno de los dos podrá sobrevivir —continuó Owens, disfrutando
cada detalle de su cruel explicación.
—Quien
tenga el arma en la mano podrá apuntarse a su propia cabeza o a la de su amigo.
Dependiendo de las ganas que tenga de vivir o de lo cobarde que sea.
Owens
estiró la mano al centro de los amigos y ofreció el arma a quien quisiera
comenzar.
Ambos se
miraron con la tristeza de una despedida obligada.
Fue Gustavo quien tomó el arma y sin dudarlo la apunto a su cabeza, cerró los
ojos y apretó el gatillo. El sonido metálico del percutor golpeando una recámara
vacía lo hizo volver a respirar.
El capitán
le quitó el arma y enseguida se la ofreció a Román, que luego de dudar un
instante la tomó y dejó caer su brazo como si el revólver pesara una tonelada.
Por su cabeza pasó la idea de matar a Owens, pero sería el final para Gustavo y
también para él; no tendría sentido.
Apoyó el cañón en su sien y gatilló al mismo tiempo que dejó salir un
angustioso gemido.
Nuevamente el sonido hueco, la bala no estaba allí.
El arma
pasó nuevamente a Gustavo, que resignado volvió a ponerla en su cabeza y a apretar
el gatillo casi sin pensarlo. Pero tampoco fue su momento.
El juego se
tornaba cada vez más dramático y las opciones se reducían.
Nuevamente
le tocó a Román, que ya totalmente roto no podía levantar el arma ni mirar a su
amigo.
—Solo quedan
dos intentos —acotó Owens, apelando a la desesperación que se hacía visible en el
rostro de Román.
Levantó el
arma hasta su sien, pero su mano temblorosa no logró sostenerla más de un
segundo y volvió a dejarla caer. Las lágrimas ya inundaban su rostro y la
angustia le dificultaba la respiración. Dudó y volvió a levantar el arma, pero
seguía incapaz de apretar el gatillo.
—O disparas
o mueren ambos —gritó Owens sin compasión alguna.
—A mí, apúntame
a mí—Se escuchó el grito que cortó el ambiente.
Román
levantó la vista para mirar a Gustavo, que lo miraba fijo y con seguridad, al
mismo tiempo que volvía a hablar.
—A mí,
apúntame a mí —repitió con la voz más serena, intentando calmar el agitado ánimo
de su amigo.
Román bajó
la mirada y negó en silencio moviendo su cabeza a los lados repetidas veces.
Pero la desesperación le ganó la batalla y luego de unos segundos, cuando ya
Owens se aprontaba para volver a intervenir, levantó su mano y apuntó a
Gustavo.
—Perdón —dijo
mirándolo a los ojos.
Gustavo asintió
con la cabeza, aceptando dar su vida por su amigo como lo había prometido aquel
día.
El dedo índice
apoyado al costado del arma temblaba como luchando para negarse a cometer el
crimen que le habían ordenado.
Al fin el
gatillo desencadenó el caos.
El lúgubre silencio del galpón se rompió con el estallido de la bala, y fue
sustituido por los desgarradores gritos de Román mezclados con las psicópatas risas
de los soldados y el capitán.
Durante semanas
esperó el día en que sus captores se cansaran de él y tomaran su vida, liberándolo
de la culpa. Pero la guerra terminó un día y un intercambio de rehenes le dio
la libertad y la vida que no creía merecer.
Pasó años
buscando razones para perdonarse, pero el dolor seguía ahí.
Tal vez el
alcohol le daría el valor de apretar el gatillo que no tuvo aquel día.
Parado frente
a la ventana observando la tormenta levantó su mano que ya sostenía el arma. No
había espacio para el azar, la bala estaba en la única recámara del revólver
que estaba alineada al cañón, esperando el decisivo golpe del percutor.
Un sonido sordo
erizó todos los pelos de Román. Pero no era ese sonido que había escuchado varias
veces durante el perverso juego de Owens, no era una recámara vacía lo que
había sonado, sino una bala defectuosa la que se había negado a salir.
Ese maldito
sonido llenó de dolor y bronca la cabeza de Román, otra vez la muerte le había
negado su paz.
Pero el
sonido y la bronca tuvieron también otro efecto.
Román volvió a la realidad.
Ahí estaba
todavía, sentado frente a Gustavo y apuntando el arma de Owens a su amigo.
Pero ahora sabía que esa bala no solo sentenciaba el fin de la vida de Gustavo,
también lo condenaba a él a una vida de arrepentimientos y dolor.
La mano de
Román se movió con decisión, pero esta vez volviendo a apuntar a su propia sien.
Ya no había pánico, ni ansiedad, la solución a sus traumas futuros estaba en
esa recámara.
—Perdón —volvió
a decir Román mirando a los ojos de Gustavo, pero esta vez pidiendo que
entendiera su sacrificio.
El
estallido de la bala cortó el silencio y esta vez fue Gustavo el que gritó de terror,
opacando las risas de los soldados.
Tiempo
después, fue Gustavo quien retornó de la guerra, volviendo a su pueblo natal y pudiendo
reconstruir su vida. Casándose con Elena y formando una familia.
Hoy Gustavo
festeja los cinco años de Román, el hijo que nombró en honor al amigo que le
regaló su vida y al que nunca olvidará.

